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El escultor Francisco Fermín

MªAntonia Fernández del Hoyo
Universidad de Valladolid

La avasalladora personalidad artística del escultor Gregorio Fernández (1576-1636), cabeza de la escultura castellana durante el primer tercio del siglo XVII, produjo en el panorama escultórico de su tiempo y entorno un doble efecto: de una parte oscureció las personalidades de la mayoría de sus coetáneos, de otra ejerció en sus seguidores y continuadores una formidable influencia, prolongada muchos años después de su desaparición y que se manifiesta tanto en los modos de hacer como, especialmente, en la reiteración de los modelos por él creados. El éxito de las propuestas del maestro, totalmente acordes con la sensibilidad religiosa de la Contrarreforma,  hizo necesaria la existencia de un nutrido taller en el que un amplio número de oficiales se afanaban, bajo su dirección y a partir de sus diseños, en satisfacer las exigencias de una clientela escogida y, en muchos casos, impaciente. Tras la muerte de Fernández, todos los escultores que colaboraron con él o los que de forma indirecta experimentaron su influjo continuaron repitiendo, a veces hasta el mimetismo, unos tipos iconográficos que se habían hecho populares.  

Pese a que aún falta muchísimo por precisar del entorno de Fernández, poco a poco la moderna investigación va sacando a la luz los nombres de algunos de estos escultores y, en los casos más afortunados, perfilando sus personalidades gracias a hallazgos documentales que permiten asignarles la autoría de alguna de las muchas esculturas que la tradición y el desconocimiento adscribieron al maestro. Uno de estos nombres que va cobrando entidad es el de Francisco Fermín, autor del notable Cristo titular de la Hermandad de Jesús Yacente de Zamora. No obstante, todavía es mucho lo que se ignora de él, tanto en el aspecto personal como en el profesional.  

De acuerdo con sus propios testimonios –en 1629 dice tener “treinta e una años poco más o menos” mientras que en 1639 manifiesta “que es de edad de treinta y nueve años”- debió nacer hacia 1599, pero desconocemos dónde. Los más relevantes datos biográficos que hasta ahora se conocen derivan de su relación con Gregorio Fernández.

La primera noticia corresponde al 8 de junio de 1629, cuando Fermín, vecino de Valladolid, acudió como testigo para confirmar la solvencia económica de su maestro en un asunto relacionado con una fianza. Dijo entonces que conocía “a los dichos Gregorio Hernández escultor y María Pérez su mujer de vista y trato y comunicación de más de ocho años a esta parte los cuales son muy ricos…porque les conoce casas principales censos y otros muchos bienes en esta dicha ciudad”. En el documento no consta su vivienda ni su profesión de escultor ni  tampoco se aclara qué tipo de relación le unía con el matrimonio Fernández, pero podemos deducir que Fermín sería  oficial de su taller -es muy mayor para ser aprendiz- desde 1621 aproximadamente, que quizá vivía en la propia casa del maestro y que no era todavía independiente en su oficio.

Esto se corrobora plenamente gracias a un documento que publicó el profesor de la Plaza Santiago, fechado en octubre del mismo 1629, concerniente a la restauración de una estatua de mármol representando a la Esperanza que se iba a colocar en una fuente situada en el vallisoletano Palacio de la Ribera, en la Huerta del Rey. Indudablemente el trabajo se encargó al taller de Gregorio Fernández, y es éste quien se dirige al Veedor de la Casa Real manifestando que el importe “por la cabeza y mano de piedra y áncora que vuestra merced mandó hacer para la figura de mármol”, más “una espiga de yerro para fijar la cabeza” y el colocarla ascendía a doscientos  reales, los cuales suplica “se paguen a Francisco Fermín que es la persona que lo ha hecho y trabajado”.

Aparte de resaltar la honradez del maestro, la escritura insinúa que Fermín sería uno de los oficiales de confianza de Fernández ya que se le encarga un trabajo que, aunque de menor entidad, iba destinado a la Casa Real. Además demuestra que era hábil trabajando el mármol, material inhabitual, como es sabido, en el taller del gran escultor. Ignoramos aún cuándo dejó Fermín el taller de Fernández o si se mantuvo en él hasta la desaparición del maestro. Me parece lo más factible pensar que mantuvo una vinculación aunque trabajase también de forma independiente.

En septiembre de 1635 una noticia lo sitúa, aunque de modo indirecto, en ese entorno: se trata de su firma como testigo en el testamento de un novicio del convento del Carmen Calzado, de Valladolid. En este cenobio, muy ligado a Gregorio Fernández –que vivía enfrente, trabajó reiteradamente para él y tenía allí la sepultura familiar-,  se hacía por entonces el retablo mayor, dándose la circunstancia de los ensambladores de la obra figuran como testigos en la ratificación del citado testamento. De la parte escultórica se encargaría, sin duda, Fernández, pero su muerte, en enero de 1636 le impediría realizarla personalmente. Lo que hoy queda del retablo, el gran altorrelieve de La Virgen del Carmen imponiendo el escapulario a San Simón Stock, (Museo Nacional Colegio de San Gregorio),  es obra que ya Martín González consideró “enteramente de taller” y en la que, muy posiblemente, intervendría Fermín.

Sin embargo, por esas fechas Francisco Fermín debía estaba ya trabajando como escultor independiente, precisamente realizando el Cristo Yacente de Zamora, titular de la Hermandad de su nombre. La historia de esta venerada imagen, documentado por Jesús Urrea como obra de este escultor, es de sobra conocida y no es preciso insistir ahora en ella. Baste recordar que en abril de 1636, cuando Fermín contrata  con D. Gonzalo Fajardo, conde consorte de Castro, la realización de un Cristo Yacente precisa que ha de ser “del tamaño y forma que hizo otro para la señora doña Isabel de Villagutierre viuda del señor don Nicolás Henríquez del Consejo del Rey nuestro señor”. Teniendo en cuenta que estos señores poseían su capilla en el convento de Santo Domingo de Zamora, de donde –como documentó Fita Revert- procede el Yacente, queda claro que se refiere a esta escultura. No podemos concretar la fecha exacta en que Fermín concierta su hechura pero ha de ser entre 1632, año en que murió D. Nicolás Enríquez, y abril de 1636, si bien –como ha documentado Navarro Talegón- el Cristo no fue entregado al convento zamorano hasta noviembre de este último año.

Es evidente que el Yacente zamorano repite, con notable fidelidad, el modelo de Fernández, seguramente todavía en vida de éste. Pero es que, además, Urrea ha identificado, basándose en razones tanto históricas como de análisis formal, el Cristo contratado para el Conde de Castro con el que se conserva en el monasterio cisterciense de Santa Ana, en Valladolid, tradicionalmente atribuido al maestro aunque ya Martín González lo estimó obra de taller. A través de estas dos obras, de notable calidad, Francisco Fermín se muestra como cualificado continuador, casi copista,  de Fernández. 

Bastante más mediocre es la obra realizada con destino a una capilla de la iglesia parroquial de Gallegos (Valladolid), documentado por Parrado del Olmo, encargo de larga y compleja historia que se ha completado con la documentación dada a conocer por Urrea. Como recuerdaban años después, Francisco Fermín y el ensamblador Pedro Leonisio “en uno de los días del año pasado de 1637” tomaron por su cuenta el hacer “un retablo con una historia del Descendimiento de la Cruz”. Por alguna desconocida circunstancia el cumplimiento del compromiso se demoró y, en junio de 1639,  habiendo realizado, según ellos, “la mayor parte del dicho retablo” solicitaron más dinero para  proseguirlo. Accedieron los comitentes con tal de que dieran fianza de que lo acabarían; así lo hicieron presentando por fiadores a los escultores Antonio de Ribera y Juan Rodríguez, a quienes tres años después, como veremos, terminarían por ceder la obra. En el conjunto, un altorrelieve inspirado en el paso del Descendimiento que Gregorio Fernández hizo para la Cofradía vallisoletana de la Vera Cruz, correspondieron a Fermín únicamente las figuras de Cristo, San Juan y Nicodemo aunque parece lógico pensar que el diseño fuese también suyo. Dentro de la ya mencionada mediocridad, la mejor es, sin duda, la de San Juan, cuyos ademanes gesticulantes reproducen el modelo del maestro.

De octubre de ese mismo 1639 data un nuevo documento que vincula a Fermín con Gregorio Fernández, fallecido tres años antes. Damiana, única hija y heredera del maestro, y su marido, Juan Rodríguez Gavilanes pretendían la herencia de su tío Juan Álvarez, hermano de Fernández y también escultor, quien había muerto hacía años. Para apoyar sus derechos, el matrimonio presentó como testigos de la relación fraterna existente entre Fernández y Álvarez a cuatro escultores, Antonio y Pedro Salvador, Francisco Fermín y Antonio de Ribera, que habían sido oficiales Fernández y al ya citado  ensamblador Pedro Leonisio, que había colaborado con él.

En su testimonio, otorgado el 7 de ese mes, Francisco Fermín, a quien entonces se cita como  “escultor vecino de esta ciudad que vive a la calle de los Manteros” (actual Mantería), afirma que conoció a Juan Álvarez y sabe que fue hermano de madre del Gregorio Fernández, y que le vio “en su casa y compañía donde estuvo asistiendo hasta que murió”, asegurando que lo sabe “por haberle visto asistir y estar en la casa del dicho Gregorio Fernández y que eran tales hermanos lo supo este testigo porque se trataban como tales”. Relata cómo Álvarez contrajo una grave y  repentina enfermedad que le impidió hacer testamento pero que, en presencia de él y los demás testigos, designó único heredero a su hermano. Para reforzar su testimonio manifiesta: “esto sabe este testigo por haberse hallado presente a todo los susodicho y ser tal oficial del dicho Gregorio Fernández y hallarse a ello con algunas personas”. Finalmente afirma que Álvarez no estuvo nunca casado ni tuvo hijos y “siempre estuvo en casa y compañía” de su hermano, reiterando que él lo sabe “por haber tratado y comunicado muchos años con el dicho Juan Álvarez”.

Gracias a este documento, además de ponerse de relieve que Fermín mantenía lazos de amistad con la familia de su maestro, sabemos que el escultor tenía su taller en la calle de los Manteros, en el barrio de San Andrés, una zona en la que residieron y trabajaron también otros destacados escultores y ensambladores del momento. Dado que también allí tenía su domicilio Antonio de Ribera, frecuente colaborador de Fermín como se ha visto, no sería descabellado suponer que tuviesen un taller común.

Precisamente el 15 de mayo de 1641 ambos se obligaron con la cofradía vallisoletana de Nuestra Señora de la Piedad a realizar conjuntamente un paso “de cuando llevan al sepulcro a Cristo Nicodemus y Abar y Mathía  (Arimatea)”, es decir, del momento preciso del Santo Entierro. Las condiciones son muy detalladas, especificando las actitudes y disposición de los distintos integrantes de la escena. El cuerpo de Cristo, que llevarían los dos santos varones  sujetando cada uno el  extremo de una sábana “que ha de ser natural”, sería figura enteramente tallada en bulto redondo, pero “por la parte de la cabeza ha de ir incorporado en el pecho de Nicodemus”. Otras cuatro figuras acompañarían a los tres principales protagonistas: la Virgen “sentada o de rodillas, como mejor se disponga el modelo, demostrando sentimiento de ver llevar a su hijo y de habérselo quitado”, la Magdalena “hincada de rodillas”, San Juan y un criado “que quitaba la piedra del sepulcro con una palanca”.

Pese a que las siete figuras debían ser del tamaño de las que integran el  Descendimiento de la cofradía de la Vera Cruz, la composición de este paso es muy original y no repite ninguno de los conservados de  Fernández, aunque no puede descartarse que los modelos procediesen de él. De todo el conjunto, que debió desfilar por primera vez en la Semana Santa de 1642, sólo quedan en la actualidad las figuras de Nicodemo, situado a la cabecera de Cristo conforme dice el contrato -habitualmente es José de Arimatea quien ocupa ese lugar de privilegio-, el propio Cristo y la cabeza de Arimatea, a la que hace unos años se ha añadido un cuerpo para poder conformar el paso, que actualmente se titula “Cristo de la Cruz a María”.    

Las últimas noticias acerca de Fermín corresponden al año 1642. El 3 de junio de ese año, en unión del ensamblador Leonisio, cede la obra de Gallegos a sus fiadores a Ribera y Rodríguez, manifestando que no puede cumplir el contrato “por cuanto ha hecho nueva escritura y asiento con Antonio de Alloytiz (el escribano dice Alloyztiz), vecino de la ciudad de Bilbao maestro escultor en razón de las obras que el susodicho tiene como es la de Nuestra Sra. de Begoña de la dicha villa de Bilbao y otras partes para ayudarle en ellas por tiempo de tres años”.

Ese mismo día Fermín se compromete a devolver a un sastre llamado Claudio de Rosa un préstamo de 50 ducados “que por me hacer merced y buena obra me ha dado y prestado antes de ahora en diferentes veces y partidas para mi sustento y comida y otras necesidades que se me han ofrecido”; Alloytiz, que estaba presente, aparece como su fiador. Por cierto que el sastre tenía depositados en su casa, sin duda como fianza, el tablero y las esculturas de Descendimiento de Gallegos.

Sólo dos días después Fermín contraía un nuevo préstamo, esta vez con el vecino de Valladolid Gaspar de Vallejo, por la cantidad de  452 reales “de dinero prestado y comida que me ha dado”. Debía devolverlos en el plazo de un año “todos juntos y en una paga puestos en esta ciudad y en su poder” y en caso de no hacerlo así que “pueda enviar persona a su cobranza a donde yo estuviere”. Seguramente buscaba un dinero con el que sufragar los gastos del viaje que lo llevaría a Bilbao.

Por ahora se desconoce cuál fue el destino de Fermín y su fortuna como colaborador de Alloytiz, escultor pero sobre todo ensamblador de prestigio, con amplia trayectoria en Vizcaya y también en Álava y que llegó a ser veedor de obras del obispado de Calahorra-La Calzada. La falta de otras noticias de Fermín en Valladolid así como de su partida de defunción hace pensar, como ha apuntado Urrea, que quizá no regresase a tierras castellanas. Ojala que futuros hallazgos documentales contribuyen a perfilar la personalidad de este interesante escultor.