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D. Dionisio Alba Marcos

El último triunviro

En la antigüedad romana, los componentes de un triunvirato eran denominados triunviros. Un triunvirato es una forma de gobierno ejercido por tres personas, normalmente aliadas entre sí. El nombre surgió en el siglo I a. C., en la época de la república, ya que en ciertos tiempos se formarían alianzas para controlar el escenario político pero al dominarlo tres bandos con sus respectivos líderes, quedaría acuñado de esa forma.

Este término concretamente fue utilizado por primera vez para describir las alianzas entre Cayo Julio César, Cneo Pompeyo Magno y Marco Licinio Craso.

Veinte siglos después, en la Zamora de la postguerra, tres personas fueron capaces de aliarse para conseguir que la Semana Santa de nuestra ciudad, alcanzara un lugar de privilegio y fuera conocida internacionalmente. Ellos fueron D. Marcelino Pertejo Seseña, D. Ricardo Gómez Sandoval y D. Dionisio Alba Marcos. Cada uno supo desempeñar su papel; no permitieron que sus opiniones particulares distrajeran el bien común de la semana de Pasión y con ideas y principios distintos, con personalidades tan diferentes formaron un trío indispensable para nuestra Semana Santa. En este año que se ha ido, un diez de julio de 2017, nos dejó el último de los componentes de ese triunvirato, Dionisio Alba, Alba a secas.

Glosar la figura y personalidad de este hombre, me causa temor por no llegar a describir con exactitud todo lo que hizo. Me vienen a la memoria aquellos versos de Jorge Manrique en los que glosa a su padre (“sus hechos grandes y claros/ no cumple que los alabe, / pues los vieron,/ ni los quiero hacer caros,/ pues el mundo todo sabe/ cuáles fueron”).

En los últimos años, varios han sido los homenajes y reconocimientos a este “marino de tierra adentro” en los que se ha escrito sobre su participación en el descubrimiento del Cristo Yacente en la Iglesia de la Concepción y la creación de la Penitente Hermandad de Jesús Yacente, o la fundación con el resto de componentes de ese triunvirato junto a Jacinto Raigada, Manuel M. Molinero de la Hermandad de Penitencia (Capas Pardas) o la de Jesús en su Entrada triunfal en Jerusalén. Por tanto “todo el mundo sabe cuáles fueron”. Por eso quiero acercarme a su figura a través del conocimiento personal a lo largo de mi vida.

Mis primeros recuerdos son aquellos en los que conocí a D. Dionisio cuando allá por 1963 me fui a apuntar a la Cofradía del Yacente. En su tienda de la calle Santa Clara, detrás de un mostrador sencillo o en la mesa camilla situada a la derecha de la entrada, catequizaba a todo aquel que quería desfilar el Jueves Santo por la noche. Y, desde ese día, no fue necesario ningún consejo más. Recuerdo con emoción mi primer desfile por las calles de Zamora y él, Alba ya para siempre, ser el testigo vigilante de nuestro atuendo y comportamiento. Hasta no hace muchos años, tuve escrito mi nombre a máquina en el reverso del medallón y aún hoy sigue la huella del pegamento en él como símbolo de pertenencia a esta maravillosa obra de “un día de procesión y 365 de Hermandad”.

Pasarían cuatro años hasta mi nuevo contacto, no sólo con Alba sino con todo el triunvirato cuando entre otros seis jóvenes y yo tuvimos la idea de fundar la Hermandad Penitencial de Las Siete Palabras. En aquellas largas charlas recuerdo los diferentes papeles que jugó ese triunvirato. Como si hubieran visto películas de polis buenos y polis malos, así recuerdo yo las entrevistas con los dirigentes de la Junta pro Semana Santa para escudriñar si lo que este grupo de jóvenes estudiantes pretendía era sóli do y tenía base o era algo vano y pasajero. Recuerdo que algunas de las conversaciones en el local de la Calle Pelayo se me hacían más duras que los exámenes orales en la facultad. Bien es cierto que cuando nos dieron el plácet, los consejos, la ayuda y su experiencia fueron extraordinarios. Los Consejos Rectores y las Asambleas de la Junta S.S. me sirvieron para madurar más que la propia facultad. Recuerdo de esta época una anécdota inolvidable: la tarde de Viernes Santo de 1968, desfílábamos por primera vez la Junta Directiva de Las Siete Palabras con el resto de las Juntas. Nos habían dicho que teníamos que ir con traje (¡en época de pantalones de pana y jerseys de cuello de cisne!). Yo me presenté con mi traje y la única corbata que tenía. Al verme con aquella prenda, me dijo que al entierro de Cristo se tenía que ir de luto y se quitó su corbata negra y me la dejó.

¡Hasta ahí llegaba con su meticulosidad y para que todo saliera perfecto!

Habrían de pasar más de treinta años para que retomáramos el contacto personal con motivo de mi elección, primero, como Abad de las Siete Palabras y, después, como Contador de la Junta. En esos treinta años de Guadiana, mi relación sólo existía cuando el Jueves Santo nos veíamos en la iglesia de Sta. María para procesionar acompañando a Jesús Yacente o en los Vía Crucis de Cuaresma. Esos años, mi visión de la Semana Santa y de los dirigentes era la del cofrade de acera y de la crítica fácil hacia los que mandaban. Lo nuestro era “el tiro al muñeco”. Y quienesestaban en nuestro punto de mira era la ge neración anterior que todavía veía con recelo que toda su obra pudiera derrumbarse.

En 1999, a punto de cumplir los ochenta años, descubrí una nueva persona. No era D. Dionisio, ni Alba, fue Dionisio, el padre de mi amigo Dioni, el secretario de Honor de la Junta pro Semana Santa, el Barandales de Honor, máxima distinción de nuestra Semana de Pasión, al que acudíamos para contarle nuestras cuitas, para recibir consejo.

Y en él encontré una persona desconocida; con un humor socarrón; una memoria prodigiosa; un amor a la Semana Santa por encima de todas las cosas. Disminuido en su vitalidad por el paso del tiempo, lo suplía con su te nacidad y constancia. Y por encima de todo, su amor a la Penitente Hermandad. Hasta el último año, hizo acto de presencia en los Vía Crucis, el último, el año pasado ya en silla de ruedas. Su fuerza flaqueaba pero su amor a Jesús Yacente seguía inquebrantable. Pudo seguir en primera persona todos los actos organizados con motivo del 75 Aniversario de la Hermandad y queda como memoria sonora el DVD en el que cuenta los orígenes de la Hermandad, de cómo encontró el Cristo Yacente y cómo supo imaginar el entierro de Cristo en esta ciudad castellana.

Vio concluida su tarea y pensó que era hora ya de reunirse con su mujer Elisa y su hijo Pepe, que le precedió meses antes. Y así, sin ruido, en silencio, el amante de la mar en tierra adentro; despidiéndose, como Antonio Machado dijera en su Retrato “cuando llegue el día de mi último viaje/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar/me encontraréis a bordo ligero de equipaje/ casi desnudo como los hijos de la mar”.

Sin embargo, su obra permanecerá y es obligación de todos los zamoranos conservar la obra de este triunvirato que supo moldear y engrandecer nuestra Semana Santa y poner las bases para que hoy ocupe ese lugar de privilegio entre todas las de España.

Por todo ello, D. Dionisio, Alba, Dionisio, querría concluir mi evocación con los versos con que Jorge Manrique cierra sus Coplas:

"Y aunque la vida murió dejónos harto consuelo su memoria".

Gregorio Gallego, Dionisio Alba, su esposa Elisa Álvarez y Juan Encabo.Gregorio Gallego, Dionisio Alba, su esposa Elisa Álvarez y Juan Encabo. Domingo de Ramos de 1954.Domingo de Ramos de 1954 Boda de Dionisio Alba y Elisa Álvarez. Iglesia de la Concepción, 1946.Boda de Dionisio Alba y Elisa Álvarez. Iglesia de la Concepción, 1946 Procesión del Santo Entierro, 1977.Procesión del Santo Entierro, 1977. Domingo de Ramos, año 2000.Domingo de Ramos, año 2000 Dionisio Alba interviene en nombre de la Junta ProSemana Santa en el pregón de la Semana Santa de Zamora en Madrid, años 50.Dionisio Alba interviene en nombre de la Junta ProSemana Santa en el pregón de la Semana Santa de Zamora en Madrid, años 50 Dionisio Alba, Barandales de Honor en el año 2002.Dionisio Alba, Barandales de Honor en el año 2002 Pregón de la Semana Santa de Zamora en Madrid, años 50.Pregón de la Semana Santa de Zamora en Madrid, años 50